jueves, 9 de abril de 2020

LUCRO CESANTE



Mi prima Cuquín y yo, en una excursión familiar.

Aquell que va emprenyar talòs
Garcés i Teixidó renyoc
quan va fer els seus primers poemes,
veureu que hi torna sense esmena.

Gabriel Ferrater, Poema inacabat


Mi vocación más empedernida es meterme en camisa de once varas. Esta característica mía ha exasperado a mis mejores familiares, amigos y conocidos. Mi prima Cuquín, que me quería muchísimo pero además me tenía como un motivo permanente de asombro, decía de mí que soy un Rodríguez de la Rodriguera clavado. Es decir, no me parecería nada a los Lecea ─gente austera, metódica, escrupulosa, con un sentido del deber acendrado─, y lo tendría todo en cambio de la estirpe o más bien caterva de los Rodríguez, a quienes (yo incluido) despachaba Cuquín con un dicterio irrevocable: «Los Rodríguez, a los duros les dan patadas.»

Me he resignado poco a poco a ese despilfarro de mis talentos (talentos, en el sentido de la parábola evangélica). Publico este blog sin ánimo de lucro, y además me empeño en no repetir aquí puntos de vista manidos ni cosas que ya han dicho otros mucho mejor que yo. Insisto en ensayar enfoques diferentes de la realidad (que es poliédrica y no se deja abarcar de golpe a primera vista), dedicar mi tiempo a pensar en cosas en las que otros no piensan, e intuir trayectos inéditos ─en alguna ocasión con éxito, las más con penosos derrapes─ por los que otros no se aventuran.

Me equivoco mucho, es verdad. Pero como he llegado a una edad avanzada y no formo parte de ningún comité central, ese dato no me importa gran cosa. Si con mis jeremiadas destapo la caja de los truenos, allá cuidados. Dicho con las palabras de Arantxa Sánchez Vicario cuando debía disputar una final a Steffi Graf, “no tengo nada que perder”.

Este largo preámbulo me sirve para insistir en mi idea de que la catástrofe económica causada por la pandemia no va a ser un parteaguas decisivo entre un “antes” y un “después” diferentes. La riqueza global, a fin de cuentas, es una burbuja. Solemos contemplarla como el valentón de Cervantes, «Vive Dios que me espanta esta grandeza…» Pero escuchen, no hay para tanto.

Leo en lavanguardia de hoy el siguiente titular: «Emergencia económica. El coronavirus hunde el comercio mundial y pone en riesgo la globalización.»

Qué quieren que les diga, a mí me suena a gaitas gallegas. Otro experto ve en la ocasión el inminente hundimiento, no del comercio mundial, sino del capitalismo. Un puto virus va a acabar por cachas la faena que Marx, Engels, Lenin y Lennon dejaron inacabada.

La canción viene a ser la misma que la de esa otra noticia de dimensión más casolana y sin embargo situada en idéntica paralexia: que a Manuela Carmena le llevaron un respirador a su casa porque no quería hacer cola en las instalaciones de la sanidad pública.

Manuela ya ha interpuesto demanda por la mentira malintencionada. El comercio mundial y el capitalismo no interpondrán demanda pero pasarán dentro de muy poco la correspondiente factura por tanta exageración descomunal volcada a espuertas sobre la opinión con un ánimo claro de amedrentamiento.

Definí hace poco el actual frenazo de la economía como una parada en boxes en el curso de una carrera de fórmula uno; y pedí que en lugar de eso la utilizáramos como la parada en un stop para emprender un cambio de sentido en nuestro viaje. Mis mejores amigos lo tomaron como una frivolidad imperdonable. Puede que lo sea. Insisto en la idea, sin embargo.

No voy a llorar ni un segundo por la suerte del capitalismo ni por la del comercio mundial. Lo que me preocupa somos nosotros.

No me preocupa de dónde va a salir el dinero para relanzar la economía mundial. Dinero, haberlo haylo. Y de sobra. Está en las cajas fuertes de las entidades bancarias de los paraísos fiscales, a nombre de firmas privadas que desde hace años combinan en su actividad las posibilidades legales y las extralegales.

Si la cosa va solo de la aparición en escena de algunos miles de miles de millones, no se preocupen, la salida de la crisis está asegurada. Alguien los pondrá encima de la mesa.

Me preocupa que no haya cambio de sentido. Un editorial del Financial Times ha propuesto algunas correcciones sensatas sobre lo público, la deuda y el papel del Estado en la pospandemia. El capitalismo siempre ha sido sensato en ese sentido de la palabra llamémosle lampedusiano: está dispuesto a cambiar todo lo que haga falta, para que lo esencial no cambie.

Pero el cambio de sentido al que me refiero va más allá de ese tipo de prédicas. Entiendo yo, acogiéndome al mantra de moda, que las lecciones del Financial Times llegan demasiado tarde. Todo eso se debió decir ─y poner en práctica─ en 2008. La enorme destrucción de riqueza pública, de empleo decente y de bienestar social se produjo entonces, guiada por los bancos privados atentos al negocio, los Estados ejerciendo de cornudos complacientes, las troicas inflexibles en la doctrina y los financial times pontificando sobre ortodoxias.

Ahora pretenden dárnosla con el mismo queso. No hay tal hundimiento del comercio mundial (solo un stand by momentáneo), sino un lucro cesante. Se cuentan como perdidos los dineros que se ha dejado de ganar, sencillamente. Cualquier economista debería saber distinguir entre una cosa y otra. La confusión es interesada: nos dicen lo que quieren que creamos.

Se augura un gran Pacto de Estado y de más allá del Estado, para salir con bien de esta crisis. Si hay pacto pero no cambio de sentido, seguiremos perdidos indefinidamente en el desierto de los tártaros.


miércoles, 8 de abril de 2020

LECCIONES DE LA ILÍADA



Los troyanos intentan prender fuego a las naves de los aqueos. Ilustración de la Ilíada.


Sobre el modo de afrontar una batalla decisiva, unidos y aguerridos.

Canto XIII: Héctor ha forzado las puertas del muro de contención y empujado a los sitiadores hasta la playa. El momento es crítico, los troyanos tratan de prender fuego a las naves. El dios Posidón arenga a las tropas de los aqueos tomando la forma del adivino Calcas, y les infunde ánimos. Entonces…

« … Los bravos
a los teucros y a Héctor divino esperaban ahora;
una lanza tocaba a otra lanza, un escudo a otro escudo,
el broquel al broquel, yelmo a yelmo y un hombre a otro hombre,
los penachos crinados tocábanse cuando inclinaban
las cabezas, ¡de tal modo estaban las filas unidas!
Se cruzaron las lanzas que manos audaces blandían,
y atacar al contrario querían y entrar en batalla.»

En aquellas lides todos eran hombres; ahora las mujeres están en primera línea, pero lo demás sustancialmente no ha cambiado.


martes, 7 de abril de 2020

EL BINOMIO NEGOCIACIÓN/MOVILIZACIÓN



Una imagen que fue emblemática de nuestra Transición a la democracia, pero que inexplicablemente ha quedado enterrada en los subterráneos de la memoria colectiva. (Foto tomada de ‘Diario16’).


En la escuela donde aprendí a valorar la importancia de las cosas de comer, un axioma indiscutible afirmaba que la negociación es la llave maestra para abrir determinadas latas de conservas laborales herméticamente cerradas.

La negociación es un arte sutil, un cambalache casi milagroso mediante el cual se puede alcanzar algo realmente importante y duradero, si se está dispuesto en el trayecto a asumir contrapartidas y soltar lastres, valiosos desde el punto de vista sentimental pero mucho menos alimenticios.

Ahora bien, concluía aquella lección magistral: el abc de la negociación exige que antes de negociar se prepare minuciosamente el terreno con una movilización capilar y adecuadamente masiva. Sin movilización de masas ─que puede revestir, como es cosa reconocida, formas muy distintas e imaginativas, pero en la que no pueden dejar de tener cabida actos de fuerza tales como huelgas, paros y concentraciones─, la negociación se convierte en una manía inocua, en un regatear a la propia sombra mientras el balón circula por otra zona del campo de juego.

Ahora que se vuelve a hablar de grandes pactos como solución global a la crisis pandémica, es bueno refrescar la memoria sobre lo buenos o lo malos que pueden ser los pactos, trabajados de una u otra manera.

Trabajados, bien en despachos aislados del exterior y cerrados con llave, con el acondicionador de aire enchufado; o bien en la calle (¡la calle!, se me hace la boca agua solo de nombrarla), con movilizaciones de masas consecuentes y continuadas.

No es una cuestión secundaria. Los pactos, los que se puedan alcanzar en la Moncloa, en Bruselas o en el edificio de las Naciones Unidas de Nueva York, no serán los mismos en un caso o en otro. En los meandros por los que oscila de forma caprichosa doña Correlación de Fuerzas, es necesario incluir un elemento nuevo, no previsto nunca e incluso rechazado con horror por las superestructuras, por las administraciones, las burocracias y las instituciones. Ese elemento es la ciudadanía, la voluntad soberana de la denostada ciudadanía.

Se dice que nuestros políticos son vagos y gorrones, que el Estado es un chambao, que la Unión Europea está en la linde de la desidia pero por el otro lado.

Supuesto que todo ello sea así, no tendrá remedio mientras la ciudadanía no se movilice, y quienes tienen derecho a exigir, exijan.

No es lo mismo despotricar que exigir.

Ha llegado el momento de pensar en grande, think big en la expresión de Keynes. A mí me parece, hechos los cálculos pertinentes de la gravedad del asunto, que hoy no estamos ni en el 45, ni en el 78, ni en 2008. Pero todos tenemos la experiencia de lo mal que se hicieron las cosas en 2008. Si aquello se convirtió en una pesadilla, fue porque no había una ciudadanía encuadrada y movilizada para una economía de guerra como sucedía en las grandes naciones, descontada por desgracia España, en el 45; y tampoco una serie ininterrumpida de grandes huelgas obreras que estaban poniendo al Estado y a los partidos políticos en un brete más que considerable, como ocurrió aquí entre el 75 y el 78.

Resulta, sin embargo, que en estos momentos una parte no despreciable de la ciudadanía de a pie sí está movilizada, aquí y seguramente en otras partes: la sanidad pública, la limpieza, el sector primario y la alimentación, la distribución de mercancías de primera necesidad, la producción y expendiduría de fármacos, aparatos y complementos médicos, los equipos de desinfección ya vayan de caqui o con otro tipo de uniforme, están trabajando a pleno rendimiento, “más allá del mero cumplimiento del deber” como se decía de los héroes en las películas americanas, en el momento de condecorarlos.

Aplaudimos con ganas a nuestros héroes y nuestras heroínas todas las tardes a las ocho, pero aún no se le ha ocurrido a nadie darles voz y voto en este asunto peliagudo. Y dárnosla también a nosotros, los que estamos encerrados disciplinadamente en nuestras casas pero ansiosos de pisar la calle para decir la nuestra.

No se empiece a construir la casa de los pactos por el tejado; es la manera más segura de llegar a resultados decepcionantes.

Empiécese por establecer una lista de prioridades, de iniciativas, de alternativas de funcionamiento, de buenos propósitos para que el año nuevo sea efectivamente un año nuevo. Lo público habrá de tener una presencia rutilante en esa lista; “público” no como lo propio y particular del Estado, sino como lo propio del común, del amplio colectivo de la ciudadanía de la que en democracia todos formamos parte.

Cuando finalice la alarma sanitaria, hágase circular esa lista, de modo que sea debatida, asumida y enriquecida en todos los ámbitos imaginables de la sociedad civil.

Y entréguese el resultado a los negociadores, dejando claro que ese, no otro, es el mandato que se les da para llegar a buenos acuerdos en los que los sacrificados no sean otra vez los mismos.

¿Utopía? Muy posiblemente. Pero si no se alcanza a construir una utopía completa, podemos conformarnos con media, con un cuarto de utopía sana y bien administrada. Siempre será mejor que nada.

A los pactos se va como a la guerra, bien armados y pertrechados. Otra cosa es abocarse a la mística impotente con la que se encaja el resultado negativo de tantas batallas mal planteadas, de tantas finales de Champions perdidas: “¡No pudo ser!”


SI MIENTEN ASÍ EN LA OPOSICIÓN...


Político de la derechona irredenta. Imagen ideal.



… ¿hasta dónde llegarían si ocuparan el gobierno? Es una pregunta fácil de responder. Tenemos un muestrario impresionante de ejemplos en la hemeroteca. Daniel Martín Cuesta nos ha recordado hace solo algunas horas tres de los más selectos: el Prestige, el Yak 42, los atentados de Atocha aquel 11-M.

Los herederos espirituales de aquellos personajes (Aznar, Rajoy, Trillo, Acebes) a los que el voto popular defenestró del gobierno por sus mentiras innobles e intolerables, vuelven a la carga en los mismos términos. Cuando estaban en el gobierno la culpa era del gobierno anterior; ahora, en la oposición, la culpa es del gobierno actual y no de los recortes que ellos mismos practicaron "por el bien de España".

Son de la misma colla del Tornarem a fer-ho! Unos y otros se han negado ─con chulería─ a rebajarse el sueldo en esta crisis crucial. Meritxell Budó ha explicado que sería una medida “populista”. Resulta que lo que más aborrece la señora Budó son los sacrificios privados propios (los ajenos sí le parecen bien) en favor del bien público: esa sería su definición particular del populismo horrendo.

Los diputados de Vox, por su parte, se han negado incluso a dejar de cobrar dietas. ¿Dietas de qué viajes, si estamos todos encerrados en casa?

Pero van a recurrir al Tribunal Constitucional la prolongación del estado de alarma. ¿Ante qué Constitución recurrirán, si la suya sigue siendo el Fuero de los Españoles?

Conviene guardar en la memoria todas estas perlas surtidas que nos sirven a diario los medios de comunicación. Desaparecerán como por ensalmo cuando vengan nuevas vísperas electorales, y para entonces tod@s l@s candidat@s de las derechas variopintas serán gente dedicada, altruista, pendiente del bienestar de los humildes, valerosas combatientes contra la corrupción, la miseria y la peste que las izquierdas han esparcido por este país bendecido por Dios.

Si desde la oposición nos desprecian y nos insultan tanto, ¿qué harán si el azar o la (falsa) necesidad les llevan de nuevo al gobierno?

Inés Arrimadas se ha manifestado favorable a un gobierno de concentración siempre y cuando esté ella, y no esté el Coleta. Está jugando con las palabras; eso no es concentración, eso es un vuelco hacia la derecha.

Hacia la derechona.


lunes, 6 de abril de 2020

ESTE GOBIERNO MERECE CRÉDITO



“Serenidad”. Cuarentena en una terraza del Eixample de Barcelona, un lunes al sol. Foto del autor.


El coronavirus es una emergencia importante, pero no un cataclismo. La suspensión de las actividades económicas deja intacta la base material de la producción. Los ERTE controlados y subvencionados no son pérdidas absolutas de empleo. La recuperación de la actividad económica no va a tener, en principio, más problemas que los que plantee la resiliencia del virus y los posibles rebrotes consecuentes a un retorno repentino desde la cuarentena en solitario a la aglomeración urbana. Con lo que hemos aprendido entre todos, es de esperar una mayor sensatez en las conductas potencialmente contaminantes.

La situación es muy distinta a la de la recesión que acompañó a la tocata y fuga de la dictadura franquista. Entonces hubo unos Pactos de la Moncloa. Hoy los pactos, que yo sugeriría llamar de cualquier otra manera ─Pactos de la Fuenfría, Pactos del Alto Tajo, Pactos de la Ponderosa, Pactos de los Nueve Barrios─ pueden ser un ejercicio estimulante de búsqueda de alternativas al marasmo, y de innovación; pero no un Arca de Noé que nos libre de un Diluvio Universal.

La cultura de la catástrofe vuelve a instalarse entre nosotros. En un artículo serio, el autor se pregunta y nos pregunta a nosotros si el coronavirus traerá consigo el derrumbe final del capitalismo. No veo la relación de causa a efecto. Tampoco veo clara la argumentación de que este gobierno es débil para afrontar la dura etapa pos-Covid, y que será necesario un ejercicio de remo coordinado de todas las fuerzas políticas. Está muy claro que algunas de las fuerzas en presencia seguirán indefinidamente su tozudo ejercicio de remo en dirección contraria. 

Me parece que en la base de esa propuesta hay una desconfianza irracional al cambio que, de otra parte, va a ser una asignatura obligada para este país y para este mundo concretos. Un pánico que se extiende con más rapidez que el coronavirus. Un “Virgencita, que me quede como estaba” de los mismos que hace cuatro días tronaban contra el statu quo y pedían cambios urgentes.

El actual gobierno lo está haciendo bien. Dicen que con errores. Ya quisieran haber cometido nada más los errores de Sánchez los Trump, los Bolsonaro y los Boris Johnson que han preferido sacar pecho hasta el último segundo.

Hay medidas económicas, hay previsión a medio plazo, se está manteniendo una postura de firmeza ante las troikas, hay (y habrá más) fondos para el sostén de la economía, para bloquear los intentos de salida insolidaria “por arriba” y para que nadie se quede atrás: los autónomos, las pequeñas empresas, el tejido industrial, la maltrecha sanidad pública, que se ha crecido ante el reto.

El gobierno actual ha merecido con creces nuestra confianza, nuestro respeto y nuestro respaldo en esta crisis. Ahora va llegando el momento de afrontar nuevos retos, y somos nosotros quienes deberemos merecer también la confianza de este gobierno, que tanto costó formar. No es un gobierno de usar y tirar. Lo queremos más fuerte, pero su fuerza debe venir de nosotros mismos.


domingo, 5 de abril de 2020

UNA AMISTAD DE PATIO DE COLEGIO



Tal vez la única foto que conservo de mi convalecencia de la meningitis. Di un estirón, la ropa de octubre no me cabría en enero, y mi madre me compró entonces mis primeros pantalones largos. Lo que tengo en las manos es un acorazado de mecano, que yo mismo fabriqué siguiendo las instrucciones de un cuaderno inglés, en aquella larguísima cuarentena de tres meses.


Luis Eduardo Aute y yo nos conocimos en el patio de recreo del colegio Maravillas de Madrid, en el curso 1958-59. Voy a contarlo, pero advierto lealmente de entrada que voy a hablar poco de Luis Eduardo, y mucho de mí.

Mi familia se trasladó en septiembre de 1958 de Barcelona a Madrid, por imperativos profesionales de mi padre. Fui matriculado en Maravillas, en el curso de Cuarto de Bachillerato A. Aute estaba en el mismo curso en la clase B. La y A la B no significaban un orden jerárquico, sencillamente era que no cabíamos todos en la misma aula.

El 13 de octubre entregué al hermano Ramón, profesor de Lengua, unos versos sobre el Descubrimiento de América que nos había puesto de deber para casa: versos ramplones, hechos aprisa y corriendo por un colegial que quería fastidiar lo menos posible un día de fiesta. Hacia mediodía, me empecé a sentir mal. No “muy” mal, al principio: un malestar sordo. Pedí permiso y me volví andando a casa, sin comer (yo era mediopensionista).

Ya en casa, me sentí “muy” mal. Mi madre me tocó la frente, y ardía. Me acosté y vino el médico. Al médico ya no lo vi; entré en un túnel negro. El diagnóstico fue de meningitis vírica. Pasé una semana sumergido en el túnel, y un día me encontré de pronto en un paisaje reconocible: mi cama, mi cuarto. Me dijeron que había estado entre la vida y la muerte; yo no me di cuenta. En cualquier caso, salvé aquel matchpoint de chiripa. Luego vino una convalecencia lenta, larguísima, con muchas pastillas y algunas inyecciones dolorosas.

El hermano Ramón vino a visitarme con el prefecto de los Estudios (en la clandestinidad le llamábamos el Perifollo). Traían mis versos del Descubrimiento impresos en la revista del colegio. Estaban muy retocados, por supuesto, para no desmerecer demasiado del nivel de la publicación. Dijeron que yo tenía un gran talento. No me lo creí. Dijeron que toda la clase había rezado mucho por mí. En efecto, a mi regreso después de las navidades todos me miraban como un Reborn. Yo era nuevo y ni siquiera se acordaban bien de mi cara, pero era la prueba viva del poder de la oración.

También dijeron los Hermanos que yo debería hacer un gran esfuerzo para poder pasar la Reválida en el escaso tiempo que me quedaba. Las perspectivas eran negras, se sopesó la posibilidad de repetir curso.

Mis matemáticas nunca se recuperaron de aquel golpe; perdí pie y me ahogué en el mar de las ciencias exactas. Pero un suceso inesperado vino a salvarme del sambenito del repetidor: aprobé la Reválida gracias al latín.

Fue como si un espíritu, santo o no, hubiera descendido sobre mi cabeza en forma de lengua de fuego. Donde otros veían un galimatías de latinajos incomprensibles, yo era capaz de destilar un texto castellano claro, y en ocasiones incluso elegante. El Arma virumque cano se me daba de lo más bien. Empecé a ser asiduo de los cuadros de honor y los compañeros me pedían que escribiera los ejercicios de clase con letra grande para que resultaran legibles desde los pupitres vecinos.

En los recreos, el fútbol era obligatorio pero yo tenía dispensa médica. Luis Eduardo Aute estaba en la misma situación, no recuerdo por qué motivo. Formábamos con dos o tres más un grupito de marginados del deporte, y charlábamos. Él había nacido en Manila y yo en Barcelona, dos lugares casi igual de exóticos en aquel contexto. Yo recibía diplomas por mi latín y él por el dibujo. Era formidable con el lápiz y con el carboncillo, pero además manejaba pinceles, y lo hacía como los ángeles. Compartir cuadro de honor y exención de fútbol nos auroleaba con un prestigio particular ante los condiscípulos.

Charlábamos en el grupo de lo que se terciaba: una película de estreno, un partido de fútbol memorable (entonces no había partidos televisados, nuestra fuente de información era “la” Marca), un libro particular en alguna ocasión.

Hablábamos sobre todo de mujeres. Luis Eduardo tenía un año más que yo, y eso se nota mucho a los catorce. Pero además yo llevaba un retraso más considerable aún en el tema mujeres que en las matemáticas. Mi experiencia fuera del ámbito familiar (las hermanas y las primas, que no cuentan) era como la tabula rasa del filósofo. De modo que Luis Eduardo hablaba y yo escuchaba, tratando de retener en la memoria las estrategias fundamentales en relación con las mujeres: cómo entenderlas, cómo atraer su atención, cómo seducirlas.

Cuando se acercaba al grupo una sotana negra con el baberito, cambiábamos de tema. «Entonces, ¿el cuadrado de la hipotenusa…?», preguntaba yo. Y él: «Igual al cuadrado de los catetos.» «¿Seguro?» «Palabra. Míralo en el libro.» El hermano se alejaba con una sonrisa beatífica y nosotros volvíamos a nuestros asuntos.

El curso siguiente ya no fue igual. Yo pasé a Quinto Letras, y en el patio de recreo me desmelenaba jugando al fútbol con los de mi clase. En el cole hay mucha conciencia de clase. Cada vez era más raro coincidir con Luis Eduardo. En Preu ya nos perdimos de vista. Él se olvidó sin duda hasta de mi nombre, y yo empecé a escucharle cantar, en los discos de 45 rpm y en la televisión que de pronto irrumpió en nuestras vidas.


sábado, 4 de abril de 2020

UN BALLO IN MASCHERA



“El minué” (detalle), obra de Giandomenico Tiepolo.


Es inminente la prolongación de la cuarentena contra el coronavirus, y Sanidad recomienda además a la población el uso de mascarillas, como elemento preventivo añadido.

La recomendación ha provocado una nueva avalancha de consumidores hacia el acaparamiento. Primero fue el papel higiénico, y ahora la mascarilla. En medio de ambas, y seguramente para tener algo que llevarse a la boca en las largas horas de meditación ante el televisor encendido, se agotaron las existencias de bolsas de patatas fritas y de aceitunas sin hueso. Las futuras tesis doctorales en los departamentos universitarios de Sociología y Antropología social utilizarán este material fresco para evaluar los nuevos reflejos condicionados que afloran, en condiciones de alarma social, en la rutina cotidiana del Homo sapiens sapiens en su variedad urbana y sedentaria.

Mientras tanto, las premisas del mundo globalizado se están resquebrajando. El Fin de la Historia ha dado un rebote hacia atrás, y la naturaleza retorna a un estadio más prístino. Se ha avistado una bandada de delfines frente a Poldemarx (hay constancia en un vídeo que circula por las redes), y los jabalíes bajan pacíficamente hasta la Diagonal. No incluyo en la relación de estos fenómenos al cervatillo jugueteando con las olas porque la fecha de la grabación es bastante anterior al coronavirus.

También, la otra cara de la moneda, ocurren cosas paranormales de un tipo distinto. Se han perdido sin dejar rastro dos aviones chinos contratados por Díaz Ayuso para la Comunidad de Madrid. En el aeropuerto de Ankara las autoridades han requisado un cargamento de material sanitario comprado por el Gobierno español, de un avión en tránsito, también chino. En otro aeropuerto asimismo chino, un agente estadounidense recompró material previamente adquirido por Francia, doblando a pie de pista el precio original.

No hay una sabiduría superior del Mercado financiero que rija estas interferencias en los intercambios. Con el nuevo florecimiento de la naturaleza, rebrota también el darwinismo social, y las mafias de toda la vida se enseñorean a empujones del metafórico centro del tablero.

Ah, una última noticia se inscribe también en el nuevo/viejo orden de cosas. En una determinada cadena de supermercados catalanes, las mascarillas se venden ligeramente más caras, con la oportuna explicación a la clientela de que el sobreprecio está destinado a financiar las necesidades de la ANC, la independentista Assemblea Nacional de Catalunya.


viernes, 3 de abril de 2020

SINDICALISMO, HISTORIA Y FUTURO



«Digamos que el sindicalismo es hijo putativo de una forma de capitalismo que hoy ya no existe [...] Lo diré enfáticamente: el sindicalismo, al menos en las primeras décadas del siglo XXI, debe ajustar las cuentas con el paradigma tecnológico realmente existente.» 

(J. L. López Bulla, “200 años de compromiso del sindicalismo europeo”, Último tranco. Publicado en “Metiendo Bulla”, 2.4.2020.



1. Hay, por fuerza, lagunas en la magnífica síntesis histórica del sindicalismo que nos ha ofrecido José Luis López Bulla en su bitácora, los días pasados. Sin ánimo ninguno de crítica, señalo una en particular: la historia sindical de las mujeres, que tiene connotaciones muy especiales porque se trata de una historia distinta en primer lugar, y en segundo lugar de una historia abierta a un futuro de cambio que nos implica a todos.

En los años en los que el mundo se concibió desde el socialismo en clave de fábrica, como una gran maquinaria en la que cada cual ocupaba su lugar designado y cooperaba a la creación de una riqueza que sería repartida entre todos, para las mujeres la fábrica significó una vía de emancipación. En el ordenamiento social tradicional, la mujer vivía bajo una permanente tutela, y el género funcionaba como una minusvalía permanente. Se consideraba normal y razonable que las mujeres no tuvieran derecho al voto. Ellas pertenecían a la esfera de lo privado, bajo la autoridad del pater familias como en el derecho romano, y la cosa pública (la república en su sentido etimológico) les estaba vedada.

Las mujeres entraron en la historia por la puerta de las fábricas. Fue un gran paso para la humanidad, pero un paso especialmente penoso para ellas. En los años en que se reivindicaba para los varones la jornada de los tres ochos (ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho de descanso), las mujeres cumplían una doble, y en el peor de los casos una triple, jornada de trabajo: ocho horas de fábrica, ocho horas de labores de hogar, y no hago referencia al contenido de la tercera jornada, necesaria en ocasiones para alargar los ingresos hasta el mínimo necesario para la supervivencia de una familia obrera.

Desde la fábrica, las mujeres saltaron a otras conquistas más gratificantes: la ciencia, la universidad, la profesión liberal, el quehacer político. La igualdad, sin embargo, no está aún conseguida. Mary Beard, ilustre historiadora británica de la antigüedad romana, comenta cómo después de cada uno de sus programas culturales en la BBC recibe mensajes de varones que la insultan diciéndole que su lugar está en la cocina. Mary Beard o la alcaldesa de Barcelona Ada Colau, calificada de "pescatera", son solo un botón de muestra: son millones las mujeres que han oído el mismo tipo de reprensión, en la calle, en el parlamento, en las aulas, desde los púlpitos y ahora también en las redes sociales.

Pero no se concibe el sindicalismo del futuro (no se concibe el futuro a secas) sin la presencia protagonista de las mujeres, y por añadidura, de los plenos derechos individuales, sociales y políticos de las mujeres. Sencillamente, es así porque no puede ser de otra manera. No es concebible una emancipación demediada. Todas y todos han de estar incluidas/os.

2. El futuro del sindicalismo, de otro lado, tiene por fuerza que recorrer caminos aún no transitados, como recuerda López Bulla en los párrafos que aparecen en rojo en el encabezamiento de este post. La fábrica, que fue la célula madre de su difusión, de su extensión y de su forma de organizarse, ha dejado de ser la imagen del mundo. Los tiempos en los que se confundía la conciencia de clase con la conciencia de la condición de fábrica, han cambiado sin remedio.

Todo ha venido de la mano del desarrollo tecnológico. Hubo una época en la que el capital solo podía controlar la fuerza de trabajo reuniéndola en un espacio cerrado y autosuficiente: la fábrica. En ese ámbito, el control estaba personificado en el capataz, para vigilar el orden de las tareas, y en el cronometrador para vigilar los tiempos de realización.

Las nuevas tecnologías han variado la situación: se controla con mucha más facilidad a la fuerza de trabajo, y también con un rigor mucho más implacable, desde las aplicaciones de un ordenador.

El algoritmo es el nuevo capataz y el nuevo cronometrador. Está impuesto de forma unilateral por la dirección, y tiene la característica de que no se le puede engañar; es infalible, y las condiciones leoninas de trabajo que impone no tienen recurso viable. 

A partir de ahí, la “fábrica” ha dejado de ocupar un espacio físico y un tiempo determinado. Se ha evaporado, y se ha diseminado en moléculas imperceptibles que acompañan al trabajador y a la trabajadora en todas las situaciones de su vida y a todas las horas.

Se trata entonces, ahora, en último término, de abrir las puertas de las fábricas hacia dentro y hacia fuera.

Primero, la democracia tiene que entrar dentro de las fábricas, porque la empresa no es un ámbito privado sino un lugar político, y por consiguiente público.

Y segundo, el sindicalismo tiene que salir puertas afuera de las fábricas, interesarse y ocuparse de lo que está ocurriendo más allá, en la medida en que en ese más allá se juegan la suerte del trabajo de los/las trabajadores/as y la calidad y las formas de remuneración y de compensación de las tareas que realizan para el común.

3. También el esquema de la previsión y la providencia social ha cambiado bajo el nuevo paradigma tecnológico. En la época de los treinta años “gloriosos” se institucionalizó de alguna manera la “solidaridad ambiente” a través de las prestaciones del Estado social. La labor del sindicato en este terreno se centró entonces en la labor de extender los beneficios del welfare a los/las excluidos/as de los estadillos de la Administración, por las causas que fueren.

Ahora que el Estado ha privatizado tantas funciones públicas y se lava las manos prolongada y concienzudamente en lo que se refiere a atender a las necesidades primarias de los/las trabajadores/as, el sindicato tiene también que afilar sus modos de intervención. No basta la función burocrática de remitir a los marginados a la beneficencia estatal; los socorros mutuos y la solidaridad activa entre los iguales están hoy de vuelta, para corregir los excesos de una sociedad verticalizada y deshumanizada.
  

jueves, 2 de abril de 2020

ESTÁN TRISTES LAS FLORES



Orquídeas frente a la ventana sobre la mesa de trabajo de Carmen, un día de lluvia.

Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
Rubén Darío, Sonatina


Han tocado a rebato en la Generalitat de Waterloo. Desde Madrit no solo les matan, sino que les están quitando de las manos las incompetencias, y eso ya pasa de marron glacé, que es la forma fina de denominar el castaño oscuro.

Algo hay que hacer, ahora que estaban tan bien sin hacer nada, y han elegido la vía de los comunicados de protesta. Si el ejército español monta un hospital de campaña en un polideportivo de Sabadell, está mal montado; si el Gobierno de España apronta medios para políticas sociales, está perjudicando la salida en tromba de la economía catalana para después del Covid.

Y, como señala Ferran Monegal, que por su oficio tiene que pasar por la dura ordalía de visionar los programas de TV3, en Tot es mou han llegado a contraponer la “cara de derrota” de Pedro Sánchez, cuando informaba sobre la pandemia, con la “empatía” de Quim Torra en una entrevista con niños.

Alabar la empatía de un autista es rizar el rizo. Alguien debería proponer a Tot es mou para un premio Grammy, no sé exactamente cuál pero tampoco importa.

Tot es mou, todo se mueve en efecto, como se movía el Titanic después del pequeñito malentendido que tuvo con un iceberg. La banda de música está alineada en cubierta y toca el himno Tornarem a fer-ho! La gente se amontona alrededor de los botes salvavidas. Los oficiales del transatlántico les miran hacer con los brazos cruzados mientras critican que dichos botes son pocos y están mal hechos, y culpan del desaguisado a la compañía de navegación. Si la compañía lo hubiera dejado todo en sus manos…

Olvidan (el olvido es una facultad eminentemente humana) que fue el capitán del barco quien decidió dejar en el puerto los salvavidas porque eran un engorro para la navegación, y también fue el capitán quien marcó la trayectoria de colisión.

La trayectoria era, al parecer, la correcta; que los resultados hayan sido los que han sido, no tiene nada que ver con la cuestión debatida. Miren, miren ustedes el careto de angustia de Pedro Sánchez y analicen en cambio la sonrisa de felicidad que exhibe el president.

Pero están tristes las flores del jardín, lo dijo Rubén Darío. Todos lloramos a nuestros muertos y a nuestros enfermos, apretamos los dientes, resistimos para poder luego ganar.

Solo Quim Torra ríe. Y TV3 le ríe la gracia.


miércoles, 1 de abril de 2020

SÍMBOLOS A MEDIA ASTA



Don Alfredo Beltrá, párroco de Sax (Alicante), bendice las calles de la población con la custodia para alejar el coronavirus. Según los medios, portaba también en su periplo las reliquias del santo local, el permiso expreso de la alcaldía y el acompañamiento de una pareja de la guardia civil.


En esta crisis de dimensiones bíblicas, Pablo Casado, jefe de la oposición, ha pedido al Congreso de los Diputados que las banderas ondeen a media asta.

Loable medida, pero puede mejorarse todavía más. El ejemplo lo han dado el párroco y las fuerzas vivas de Sax: se puede bajar las banderas a media asta y además pasear la custodia. Y si hacemos caso de doña Pilar Gutiérrez, que nos lo viene advirtiendo desde hace tiempo, se puede además retornar la momia del invicto Caudillo a su lugar habitual de reposo bajo la Cruz del Valle.

Doña Nuria de Gispert es partidaria de otras medidas, divergentes pero planteadas en la misma línea de principio: proclamando la República en Catalunya, sugiere, se ahorrarían muertes. Muertes de catalanes/as, por supuesto, que son las que le importan.

Si se hiciera todo ello a la vez, tendría sin duda un efecto benéfico en el personal, si bien sería un efecto difícil de cuantificar (yo he hablado en esta misma bitácora de “efecto placebo”, que no cura pero consuela mucho al paciente).

Sin embargo, y voy a decirlo con un mantra muy repetido estos días, las medidas de ese género llegarían tarde. Muy, muy tarde. Irremisiblemente tarde.

Es que, fíjense, el país está en otro chip. Ya no nos conmueven las banderas, ni la rojigualda ni la estelada; ni nos arrebata la visión de las custodias en la vía pública. Lo que nos pone de verdad es el personal sanitario, con bata verde o blanca, con gorro y mascarilla, empujando una camilla o administrando una inyección.

El Estado social está de vuelta, y no es un símbolo, sino mucho más. Es think big, pensar en grande, como proponía Keynes.

Lo público está de moda; defendemos con todas las ganas y el corazón la Sanidad pública, la aplaudimos todos los atardeceres. Hasta casi ayer, lo único público que teníamos en el país era la Hacienda pública. Sí, Hacienda éramos todos, pero también nos dábamos cuenta de que unos más que otros. La Iglesia no cotizaba; la Monarquía, tampoco; y el Emérito, otro símbolo a media asta, evadía capitales graciosamente recibidos desde la Arabia Saudí. Las medidas del estado de alarma no cuentan en su caso, como tampoco para el párroco don Alfredo Beltrá ni para José María Aznar y Ana Botella, que pasean por Marbella la saludable tez morenaza que solo se adquiere en los pequeños paraísos privados.

A cambio nosotros hemos ganado la Sanidad, y quién sabe si mañana no ganaremos también la Escuela pública, la prensa y la televisión públicas, y una política pública decente, con sentido de Estado y no de campanario ni de chiringuito.

Es una perspectiva radicalmente nueva, que estamos empezando a amar.