miércoles, 30 de septiembre de 2020

ECOS DE SALAMINA

 


Gráfico de la disposición de las dos flotas enfrentadas, en el inicio de la batalla de Salamina (fuente, sobrehistoria.com)

  

Tenemos muy cerca de casa el estrecho brazo de mar donde se desarrolló la batalla de Salamina. En la cima del monte Egáleo, una elevación modesta que domina el golfo Sarónico, colocó un sitial el rey Jerjes para presenciar con toda comodidad el choque naval. “Vaya cara se le debió poner”, comenta mi nieta.

Cuenta Heródoto que la noche anterior a la batalla los generales griegos celebraron consejo de guerra, y el debate acabó como el rosario de la aurora.

Los aliados de las ciudades libres habían dado un repaso a los invasores en Maratón, pero aquello no impidió el desembarco de efectivos enemigos ingentes en otros lugares. La prudencia había aconsejado abandonar Atenas al ejército persa. El estratego ateniense Temístocles explicó a la asamblea que había tenido un sueño (entonces se creía mucho en los “sueños orientados” por las divinidades) según el cual las murallas que defenderían Atenas eran de madera, y móviles. En una palabra, la flota.

Se construyeron apresuradamente barcos de guerra en un número tal como nunca lo había habido en la historia de la ciudad. Ahora ese “muro” estaba abrigado en los puertos de la isla de Salamina, y se discutía lo que se debía hacer a continuación.

Los espartanos consideraban que la mejor opción era retirarse todos detrás del golfo de Corinto y defender desde allí el Peloponeso; los atenienses eran partidarios de hostigar a los persas desde la base de Salamina, aprovechando la mayor experiencia marinera de los griegos frente a un ejército mayormente de secano.

Fueron los espartanos quienes acabaron por imponer su opinión frente a Temístocles y la minoría ateniense. Se acordó, en una sesión vespertina rica en insultos y juramentos, que la flota zarparía la mañana siguiente hacia Corinto, y allí se determinaría el paso siguiente con más calma. Temístocles se fue entonces, ya de noche cerrada y a escondidas, al campamento persa, vio en persona a Jerjes, le contó ce por be el plan de los griegos, e insistió en que el Gran Rey podía obligarles a luchar si taponaba la salida del “cul-de-sac” donde se habían resguardado.

Jerjes quedó convencido, dio las órdenes oportunas, y por la mañana los griegos se vieron ante una situación sin alternativa: vencer para no ser aniquilados.

Vencieron.

No eran superiores, salvo en experiencia náutica. En las batallas decisivas siempre aparece un elemento imponderable que las inclina a un lado o al otro. No es en absoluto que Dios ayude a los “buenos” (véase el ejemplo contrario en este mismo blog, http://vamosapollas.blogspot.com/2020/06/la-leccion-de-hattin.html), sino que un primer desequilibrio, un breakthrough logrado con empeño y algo de suerte, puede agrandarse de repente y forzar en definitiva una desbandada despavorida de quienes tenían concedida la superioridad en los pronósticos previos.

Temístocles dirigió a los griegos en la batalla, después de haberla forzado con un recurso extremo. De haberle salido mal la jugada, habría sido condenado a muerte por traición a los suyos. Su destino, con todo, no fue muy distinto. Aclamado inicialmente como héroe, no se libró de críticas de resentidos, y más tarde se vio condenado al ostracismo. Acabó sus días en el papel de asesor experto en el mundo griego, precisamente en la corte de Jerjes, que tuvo la grandeza de considerar que su consejo en la noche de Salamina había sido bueno, por más que él no lo hubiera sabido aprovechar.

¿Qué tiene que ver toda esa historia antigua con las cosas de ahora mismo? Quizás la lección sea que la confianza en las propias fuerzas por parte de una coalición heterogénea, incluso aunque no aparezca una división de opiniones estratégica, no ayuda tanto en las grandes pruebas como la voluntad común de persistir, de abrirse paso frente a las políticas de bloqueo utilizadas por los prepotentes.

 

martes, 29 de septiembre de 2020

POLÍTICA DE BLOQUEO

 


El chico de don Venancio Sacristán. (Fuente: Infobase)

 

En este momento justo de tormenta perfecta de todas las crisis, viene a resultar que el empeño más constante de la política (de algunos políticos) se centra, no en la búsqueda conjunta de soluciones, sino en el empeño tozudo en significarse como parte particular insoslayable del problema.

La política de bloqueo es una forma nueva y pugnaz de reivindicar el viejo “qué hay de lo mío”. Lo que se da a entender, sin decirlo de forma expresa, es: “O me arreglas primero lo mío, o no habrá solución humana ni divina para el fregado en el que estamos metidos tú y yo.”

Examinen la actitud de Quim Torra, inhabilitado como presidente autónomo por una desobediencia tan ínfima, tan deplorablemente simbólica, que cuesta hacerse a la idea de que hay un propósito político detrás de ella. Puesto a ser inhabilitado, que era el objetivo, ha preferido serlo por una tontería a plantear alguna cuestión de cierta trascendencia. Pero, conviene tenerlo en cuenta, se trata de una actitud coherente con su opinión declarada de que la autonomía es un engorro.

Examinen la actitud de Isabel Ayuso, que quiere que el virus desaparezca de su vida pero sin seguir las normas elementales para contenerlo. No, lo primero es la firmeza en los principios neoliberales; la salud vendrá después, pactada con el gobierno central siempre que el gobierno central se allane a hacer lo que ella quiere.

Examinen la actitud del ciudadano F. Sexto, que se ha animado a meter bronca por su recomendada ausencia de una entrega de despachos, en un momento y lugar en los que su presencia parecía desaconsejable. Nada más fácil que una chispa de comprensión y de acomodo, para facilitar el tránsito de una sentencia susceptible de ser vista como un agravio a Cataluña. Pero no, mediante una inversión de la lógica, quien se ha sentido ofendido por una falta leve al protocolo ha sido el ciudadano Sexto, y lo ha hecho saber mediante los canales oficiosamente propicios que tiene a su alcance.

Mientras, la segunda parte contratante en esa enfadosa cuestión mantiene la intención de nombrar a seis altos cargos del poder judicial a pesar de la situación constitucionalmente anómala en la que se encuentra la institución, y que genera toda clase de resquemores y ronchas contrarias al bienestar del común. Parecería imprescindible renovar los altos cargos, pero no en cambio renovar antes la propia cúpula que los nombra, constitucionalmente decaída desde hace ya dos años. El bienestar del común no importa una higa al poder judicial: lo importante es demostrar a tirios y troyanos la magnitud inmensa de ese poder (en funciones).

Estamos en la perplejidad de ver como todas las instancias institucionales dan un paso adelante  ─como si el Covid no existiera, o peor aún, aprovechando la ventana de oportunidad única que ofrece el Covid para apretarle las tuercas al gobierno─ a fin, no de ofrecer soluciones, sino de plantear interminables enredos de cuestiones prejudiciales que obstruyen cualquier intento de solución de los problemas de fondo.

De ese modo se viene a plantear una enmienda a la totalidad del aforismo de don Venancio Sacristán, metalúrgico y filósofo: “lo primero es antes”. La brega política actual sostiene, en cambio, que “lo mío es antes, y lo primero ya se verá luego”.

 

lunes, 28 de septiembre de 2020

LO ECHAREMOS DE MENOS

 


Phileas Fogg (David Niven) y su valet de chambre Passepartout (Mario Moreno), cantinfleando en globo. Fotograma de ‘La vuelta al mundo en ochenta días’ (Michael Anderson 1956). En la secuela catalana, Foggdemont y Passepartorra dejaron el récord en ocho segundos. 


La noticia es confusa: unos dicen que el Supremo ha inhabilitado a Quim Torra; otros, que Torra ha inhabilitado al Supremo. Cuando se levante la grande polvareda, comprobaremos si hemos perdido o no a Don Beltrán. Los pesimistas aseguran que no; los optimistas afirman que tampoco.

Inhabilitado por tan solo año y medio; a Torra le da tiempo de volver antes de la próxima convocatoria de elecciones autonómicas, previstas para las calendas griegas.

Si es que se convocan alguna vez. Torra acaba de decir que la autonomía es un engorro (un embalum) para la independencia soñada. Tiene razón, lo mejor es siempre enemigo de lo bueno.

Así, el primer “embalum” para la independencia fue la democracia. La democracia tiene normas, procedimientos, cuotas, quórums y “trossos de quóniam” variados. Fuera con ella. Se diseñó una República catalana sin democracia y se estableció una ley de transitoriedad que derogaba todas las que imposibilitaban el libre acceso a la declaración unilateral.

Vano intento. Después de la democracia, el embalum era la burocracia. Se puede suprimir también, y Torra lo haría gustoso, pero la medida no resultaría popular entre el funcionariado, hasta ahora la porción de la ciudadanía más adicta a la Idea descendida de lo alto y encarnada en la presidencia una y trina: Pujol padre, Torra hijo y Puchi espíritu santo.

Ahora el embalum es la autonomía. El globo de la independencia, lleno de gas más ligero que el aire, no gana altura debido a las fuertes amarras autonómicas que lo tienen sujeto a tierra. El gigante de la plaza Sant Jaume no renuncia al empeño; pero comprende que lo tiene crudo. Al principio todo parecía cosa de pintar en el mapa de Europa un nuevo Estado. Se nos preguntó amablemente cuál era nuestro color preferido (el rosa, por supuesto, como el champaña o la pantera). Se nos anunció que no tendríamos ejército porque somos pacíficos y pacifistas. Las JNC han rectificado también ese punto programático: tendríamos un ejército de verdad, homologado por la OTAN. El realismo sucio va tiñendo poco a poco el brilli brilli rosado de nuestros sueños.

Ahora el Supremo descalifica al President ─solo un poquito, año y medio─ y en justa correspondencia el President descalifica al Supremo, que no es más que otro embalum añadido.

Algunos nos tememos que, cuando despertemos de la pesadilla, el Torrasaurio seguirá aún ahí. Pero si no es así, lo echaremos largamente de menos. Ha puesto un poco de trepidación en la monotonía de nuestras vidas.

 

domingo, 27 de septiembre de 2020

LA FATIGOSA RECONSTRUCCIÓN DEL DERECHO DEL TRABAJO

 


Mesa de negociación sobre la extensión de los ERTE. Algunas personas con problemas graves de ceguera inducida afirman que a los sindicatos no se les ve.

 

Un Real Decreto-Ley acaba de proponer una nueva regulación del trabajo a distancia. Pueden ver los comentarios al respecto de Francisco Trillo en el blog de culto «Según Baylos». “Trabajo a distancia” no es exactamente lo mismo que teletrabajo, es un concepto más amplio, pero viene a cuento de la misma situación: la desaparición progresiva del “centro de trabajo” como espacio físico en el que conviven la oferta y la demanda de trabajo, el empleador y el empleado. Para exponerlo de un modo sencillo: antes un hotel contrataba su propio servicio de limpieza y fijaba con el colectivo los salarios y las condiciones de la prestación; ahora, recurre tal vez a una oficina más o menos siniestra que le envía una brigadilla fungible y anónima, reclutada ad hoc solo para hoy, que mañana será otro día.

La brigadilla en cuestión, entonces, efectúa su prestación en el hotel (mañana posiblemente se dediquen a la reposición en un supermercado), pero su salario y sus condiciones de empleo dependen de forma innegociable de la oficina siniestra, donde ni trabajan ni probablemente han puesto nunca los pies, porque han sido “contratados” a la rebatiña y figuran en los estadillos como “autónomos”.

Cuando los sindicatos y los abogados laboralistas tenían ya más o menos todas las respuestas, les cambiaron las preguntas. Las reformas laborales bendijeron la nueva situación, desde la posición de que todo vale para fomentar el empleo.

Deteriorar el empleo no es fomentarlo, es otra cosa.  

El gobierno progresista, los sindicatos más representativos y las asociaciones patronales están empeñados desde hace meses, todo y pese a la pandemia de por medio, en enderezar el terrible desaguisado perpetrado en 2012. La actividad legislativa en el terreno laboral está resultando frenética, siempre sobre la base del consenso entre los agentes sociales, que están haciendo en general un esfuerzo muy notable para avanzar posiciones, porque regular (y fijar de paso) el empleo en una situación tan crítica como la que padecemos será la mejor garantía de sacar a flote la economía sin acentuar la desigualdad económica y social.

Mientras, las almas de cántaro de costumbre siguen preguntándonos a todos dónde están los sindicatos que no se les ve. O pidiendo una huelga general contra un gobierno progresista y en una coyuntura de negociaciones intensas que van resultando fructíferas.

En contra de cualquier manual de uso de la lucha de clases, según todos nuestros clásicos y modernos.

No hay peor ciego que el que no quiere ver.

 

viernes, 25 de septiembre de 2020

FRUFRÚ DE TOGAS

 


Carlos Lesmes Serrano (foto, El País)

 

C’est immorale et c’est comme ça.

Georges BRASSENS, ‘La mauvaise herbe’

 

No hay ruido de sables, pero sí frufrú de togas. Carlos Lesmes ha aireado que Felipe Sexto le llamó por teléfono para contarle cuánto lamentaba no poder estar presente en la ceremonia de apertura del curso judicial en Barcelona.

Se trata de una indiscreción, algo poco esperable de la discreción corporativa obligatoria para el baranda mayor del estamento. Cabe deducir, primero, que se trata de una indiscreción consentida por la fuente; segundo, que la indiscreción ha sido calculada.

Los teloneros se están retirando de la escena. Quim Torra e Isabel Ayuso han concluido su número musical y deben desaparecer por el foro, de acuerdo con el guión de esta comedia de las equivocaciones. Ellos se resisten, les gustaría representar un papel más largo y sustancioso, pero no hay más cera que la que arde.

Tres cuartos de lo mismo le ocurre a Santiago Abascal, que arrancó con mucho ímpetu una moción de censura en diferido al gobierno, anunciada antes del verano, y ahora descubre que se le ha calado el motor. Nada, que no hay manera de ponerlo en marcha. Se le ha quedado cara de tonto, pero nadie lo ha notado; es la misma que tenía de antes.

Pero la moción de censura sigue adelante por otros medios. Pasan atrás los batidores escaqueados en guerrilla, y entra en acción la artillería judicial. Cuando el gobierno está intentando apaciguar  los ánimos, los estamentos se aplican a encresparlos.

Anoten la carga policial en Vallekas como elemento significativo. No fue Marlaska quien dio esa orden: Marlaska la sufrió en su carne. Quien dio en realidad la orden queda en el anonimato, y las voces de ‘dimisión’ se dirigen en cambio contra el ministro. Contra el gobierno que intenta una política de apaciguamiento. ¿Se plantea un indulto a los políticos catalanes? Toma castaña en Vallekas.

Anoten el asunto del fiscal Cabezas y la señora Consuelo Madrigal. La receta magistral, una vez más, son los enjuiciamientos contra el apaciguamiento. Mucho ruido mediático. Frufrú de togas.

Anoten la actividad desusada del otro Felipe, no Sexto, sino González. Se esmera en rajar del gobierno presidido por un hombre de su teórico partido. No espera al final de la función para hacer la crítica: hace la crítica ya, para acabar de una vez con la función. Caiga quien caiga, de preferencia Sánchez y el Coleta.

Y ahora, con el perfume característico del güisqui bourbon de nueva añada, nos llega el dúo satírico improvisado por Sexto y Lesmes.

No hay un hilo conductor en esta insurrección fáctica manipulada con guante de seda, solo la defensa de los privilegios adquiridos y de los intereses creados. En el crepúsculo de un sistema, lo viejo se resiste a morir, y en la penumbra crecen los monstruos.

 

EN LA RAMPA DE DESPEGUE DEL RENACIMIENTO

 

Sala de la antigua Biblioteca de San Marcos de Florencia (fuente, Artehistoria)

 

Entre las maravillas de la Florencia renacentista, seguramente la más maravillosa desde un punto de vista histórico y político es la primera biblioteca pública de los tiempos modernos, iniciativa de Niccolò Niccoli y Cosimo de Médicis, que consiguieron del arquitecto Michelozzo un espacio adecuado en su proyecto del convento de San Marcos, territorio predilecto de Fra Angélico, que pintó al fresco las celdas de los monjes.

Así ha descrito la biblioteca Irene Vallejo, en su reciente ensayo El infinito en un junco (pág. 86):

«Entre dos celdas, en el arranque de un amplio corredor, descubrí un rincón extraordinario del convento. Los expertos creen que ese lugar acogió la primera biblioteca moderna. Alli recalaron los espléndidos libros que el humanista Niccolò Niccoli legó a la ciudad “para el bien común, para el servicio público, para que permanezcan en un lugar abierto a todos, donde las personas hambrientas de educación puedan cosechar en ellos, como en campos fértiles, el rico fruto del aprendizaje”. Por su parte, Cosme [de Médicis] financió la construcción de una biblioteca renacentista, diseñada por el arquitecto Michelozzo, que reemplazó las habitaciones oscuras y los libros encadenados del mundo medieval por un emblema de los nuevos tiempos: una sala amplia, bañada en luz natural, diseñada para facilitar el estudio y la conversación. Las fuentes describen con admiración el aspecto original de la biblioteca: una arcada aérea sostenida por dos filas de delicadas columnas, ventanales a ambos lados, piedra serena, paredes de color verde agua para inspirar sosiego, anaqueles cargados de libros, y sesenta y cuatro bancos de madera de ciprés para los frailes y visitantes que acudían a leer, escribir y copiar textos. Un acceso desde el exterior hacía realidad el sueño de Niccolò: su colección de cuatrocientos manuscritos permanecía abierta a todos los letraheridos florentinos y extranjeros. Inaugurada en 1444, fue, tras la destrucción de sus antepasadas helenísticas y romanas, la primera biblioteca pública del continente.»

En la Florencia del siglo XV surgió un nuevo paradigma del mundo, de la mano de un estamento social radicalmente nuevo. Leonardo Bruni, que fue canciller de la República en dos ocasiones, definió a esa nueva clase de personas como humanistas. No provenían de la nobleza ni de la alta burguesía comercial; eran no solo distintas, sino a menudo violentamente opuestas al clero, el estamento al que desde las edades oscuras se delegaba la transmisión de la cultura, a menudo mezclada con la superstición; tampoco eran asimilables a la payesía ni al artesanado.

Eran hombres (inimaginable incluir en la categoría a mujeres, por cultas y decididas que fueran) “desclasados”, a menudo itinerantes, que recalaban en las cortes para ofrecer sus servicios como secretarios a los monarcas y a los barones. Nicolás Maquiavelo sería uno de ellos. Vivían entregados al estudio de las ciencias y las letras y a la escritura, lectores ávidos de las obras antiguas que se venían desenterrando de los escritorios conventuales donde habían sido consideradas con indiferencia o con el horror que se siente por las cosas heréticas. Con sus ideas nuevas y sus escritos, los humanistas pusieron su firma en un mundo en proceso de cambio. 

La Biblioteca imaginada por Michelozzo despliega un ideal de diafanidad, de transparencia, y al mismo tiempo de recogimiento fructífero. Bruni llamó a sus colegas “humanistas” al gobierno de la que entonces podía considerarse como la ciudad más avanzada del mundo. Él mismo era un humanista acabado, discípulo de Coluccio Salutati y de Manuel Crisoloras. Se le debe una traducción de la Ética a Nicómaco de Aristóteles (muy criticada, por cierto, ya que añadía cantidad de conceptos que no estaban en el texto del Estagirita), y compuso, entre otras obras, una Laudatio florentinae urbis, en latín, y una Vida de Dante en vulgar. Él y su generación aportaron una corriente innovadora y rompedora, no tanto en las logias y los consejos de gobierno, como en los espacios revolucionarios de la cultura puesta al alcance del común. «Aquí sí hemos venido a estudiar», habría dicho Manuel Moreno Mauricio en la biblioteca (hoy sala de museo) de San Marcos.

 

miércoles, 23 de septiembre de 2020

VIVIR COMO RICOS, UNA RECOMENDACIÓN DE ROSSANA ROSSANDA

 


Soplando las velas de mi último cumpleaños, en Egáleo. Las candelas son diez, todas las que teníamos en casa, y los años 76 (7,6 años por candela). Pero lo importante es lo que hay debajo: un tiramisú creado por mi hija Albertina. Oigan, yo soy ya como los lirios del campo, ni trabajo ni hilo; pero por estas que ni Salomón, en todo el esplendor de su gloria, probó un tiramisú como ese. (La foto la tiró con su móvil mi nieta Carmelina).

  

Ayer en FB un amigo lanzaba la pregunta irónica de si las personas de izquierda debemos permitirnos comer jamón de Jabugo.

Al respecto hay dos líneas de pensamiento: hay quien reivindica estéticamente la pobreza, quien rechaza la vida de los ricos como una excrecencia que es preciso extirpar de nuestra vida de izquierdistas como un tumor maligno.

Es una forma de hacer de la necesidad virtud.

Prefiero reivindicar justamente lo contrario: la redistribución de la riqueza, el disfrute sin complejos de todas las cosas buenas que las gentes de muchos posibles consideran “exclusivas” de los de su casta.

El comunismo no es ninguna variante del «arte povera», sea este lo que fuere. De la tesis central de la igualdad y de la puesta en común de la riqueza, no se deprende ninguna idea de renuncia, antes al contrario.

Invoco en apoyo de mi tesis un recuerdo de Rossana Rossanda. Corresponde a una entrevista de Marco d’Eramo, aparecida en MicroMega en 2017 y republicada ahora mismo, al hilo de su fallecimiento. El entrevistador pregunta por los maoístas italianos. Rossana responde que nunca entendió la actitud “eclesiástica” de algunos de ellos, que predicaban la necesidad de vivir como pobres. Y añade:

«Yo, hija del Partido comunista, tenía la idea de que era preciso vivir como si fuéramos ricos. Ya en Milán, con mis amigos del partido y del sindicato, los sábados, si no había reuniones, nos íbamos en tren a Génova para bañarnos en la Riviera. Siempre había libre alguna casa de padres donde dormir, pasábamos en barca todo el domingo, y por la tarde nos llegaba el dinero para una pizza o para un helado, y bajábamos a Portofino. Siempre he pensado que los obreros viven pobremente, y que en el tiempo breve de que disponemos, hemos de buscar, no renunciar a todo, sino tenerlo todo.»

A BODAS NOS CONVIDAN

 


Ministros del gobierno Sánchez (fuente, El Español)


La parafernalia del acto reconciliatorio del madrileñío con el gobierno de la Nación ha sido justamente calificada por José Luis López Bulla de «boato de bodorrio pueblerino». Tropecientas banderas, lujo de guardarropía, puesta en escena como mínimo retro, por no decir cutre.

¿Para qué? El día siguiente se han reanudado las hostilidades. Casado no puede sufrir que desde el gobierno se diga que Ayuso lo ha hecho mal en el tema de la pandemia. Sin embargo, el plan de una segregación vigilada por los militares se está viniendo abajo. No por clasista, sino por ineficaz. El programa para los madrileños, así de Vallekas como de Núñez de Balboa, va a pasar según los indicios por un regreso a la Fase 1. Al confinamiento. A la casilla de salida.

La cruda realidad, ha dicho alguien,  es que no hay dinero para pagar salarios a médicos y enfermeros. No es cierto. También se murmura en los mentideros de las finanzas que no hay dinero para las pensiones. Más cierto es que no hay dinero para mantener las altas tasas de beneficio que el gran capital cree suyas por merecimientos propios. Para todo lo demás, sí hay dinero suficiente. Y créditos europeos. Y moratorias fiscales. Los instrumentos de la economía financiarizada son aproximadamente infinitos, si se encaminan al fin adecuado.

La economía del país ha dado un bajón del 17,8% en un trimestre. ¿Cuál es entonces el fin adecuado? Reactivarla con la inyección de recursos extraordinarios.

Los recursos están ahí. Dan para financiaciones a largo plazo y para créditos generosos que pongan en pie una sanidad pública en condiciones y algunos objetivos estratégicos para el desarrollo de una economía productiva más limpia y más eficaz. Dan para mejores salarios, para contratos de trabajo más largos y coherentes.

Claro, no va a poder hacerse todo ya mismo, habrá que graduar, programar, no estirar nunca el brazo más que la manga. Habrá que empezar por aprobar los presupuestos de una vez, con el mayor consenso posible, sin vetos. Lo importante serán los contenidos, no la condición de los firmantes. Un presupuesto aprobado es un pasaporte para una legislatura completa. Toda una legislatura para trabajar de firme sobre lo aprobado, sobre los recursos disponibles y sobre la forma de gestionarlos.

Habrá que trabajar desde el Estado central y autonómico, y desde la iniciativa de los agentes sociales. No habrá que trabajar en ningún caso para la banca y para el confort del accionista.

En la perspectiva está el aumento de impuestos para los más ricos. Póngase el listón donde corresponda. No todos, pero sí muchos ricos estarán dispuestos a pagar más, para una prosperidad más inclusiva.

La norma esencial en todo ese proceso complicado será poner en todos los casos lo primero antes.

Y oigan, las banderas no pueden ser en ningún caso lo primero. “El boato de un bodorrio pueblerino”, López Bulla dixit.

  

martes, 22 de septiembre de 2020

CORTINA DE HUMO CON BANDERAS


Banderas como telón de fondo (foto, La Vanguardia).

 

La Comunidad de Madrid protege su retirada del frente de batalla con una cortina de humo hecha de banderas.

Construida como contrapoder a un gobierno progresista, no ha alcanzado ninguno de sus objetivos militares y deja el campo de batalla alfombrado de muertos. Por medio, las cacerolas de Núñez de Balboa y la mani anti mascarillas de Colón marcan los pulsos más exasperados de la cayetanía irredenta contra la autoridad a la que ahora se pliega.

Se pliega a medias. Su mensaje es, telegrafiado: “España es Madrid, un fracaso de Madrid es un fracaso de España. Madrid, como en su momento ocurrió con la Banca, es demasiado grande para dejarla caer.”

El corolario de este modo interesado de ver las cosas es la necesidad de apuntalar Madrid a costa del resto del país, que en esta interpretación no sería “tanta” España ni tan principal como Madrid. Ximo Puig (antes lo hizo Pasqual Maragall, como recuerda hoy en La Vanguardia Enric Juliana) rebate el sofisma: Madrid no supone nada especial, porque en este momento, o nos salvamos o nos hundimos todos juntos.

Es el momento de pensar en grande: grandes espacios, grandes lapsos temporales, grandes reformas, grandes soluciones inclusivas y comprensivas.

El modo mezquino de pensar: se ha estereotipado un “modelo de éxito” de Madrid en la economía española, al que se supone generalizable. Pero ese “modelo” tan alabado solo ha consistido en la extracción desaforada de rentas a partir de la capitalidad, y en el trasvase de fondos públicos a bolsillos privados. Isabel Díaz Ayuso está manteniendo la misma propuesta. “Imitadnos”, dice al resto del país, cuando el resto del país se encuentra en una situación de desigualdad y de precariedad rampante e impotente.

Decimos todos que Ayuso es tonta, pero su política es la misma que la de sus predecesores. Como es más tonta, se le nota más; sencillamente. La rebelión del sur de Madrid ─magnífica─ debería haber llegado antes. La segregación es el punto culminante de una lógica viciada desde el principio: les prometieron un paraíso, pero no para ellos, sino para verlo de cerca desde el otro lado de la verja protegida por seguratas.

Ahora Pedro Sánchez no debe caer en un enredo plagado de banderas. España es España y Madrid es Madrid. Las peras son peras, y las manzanas, manzanas.

Ah, tampoco el ejército debe hacerse garante de la segregación, y la historia de la Legión no es asimilable a la Historia de España. No fotem!

  

domingo, 20 de septiembre de 2020

ROSSANA Y LOS NUESTROS

 


Rossana Rossanda, en una imagen reciente (fuente, La Reppublica)

 

Les gens sont faites, nous dit-on

pour vivre en bande comme les moutons.

Moi, je vis seul et c’est pas demain

que je suivrai leur droit chemin.

Georges BRASSENS, ‘La mauvaise herbe’

(La gente está hecha, nos dicen, para vivir en rebaño como los corderos. Yo vivo solo y no tengo intención de seguir su camino recto.)  

 

Rossana Rossanda, paralítica, reducida a una silla de ruedas pero siempre indomable, se extinguió anteanoche. Sin duda la tierra le será leve, después de tantas fatigas vividas.

Partisana jovencísima, comunista, encargada por Togliatti de la dirección cultural del PCI, intelectual y activista. A raíz de los grandes acontecimientos del 68 fundó la revista il manifesto, junto a Luigi Pintor y Aldo Natoli señaladamente, entre otros. El grupo fue expulsado del PCI en 1969, en los torbellinos generados no por la revuelta estudiantil o las luchas obreras, sino por la entrada en Checoslovaquia de los tanques del Pacto de Varsovia.

El PCI, contrario a la iniciativa de Moscú, estaba obligado a guardar las formas de todos modos. El grupo del Manifesto había levantado la voz crítica en demasía, y fue ofrecido como víctima propiciatoria. El futuro secretario general Enrico Berlinguer votó en contra de la medida. Rossana registró un sobresalto particular cuando se abrieron las puertas del Comité Central y ella y su grupo se vieron entregados “como pasto” a los fotógrafos. “Solo entonces entendí que ya no éramos de los nuestros”, escribió.

Fuera de la iglesia no hay salvación. Extramuros del partido, tampoco hay gran cosa. Il Manifesto se presentó a las siguientes elecciones generales como opción de la izquierda crítica, y obtuvo el 0,7% de los votos. «Más que una cifra, parece un prefijo telefónico», fue la broma cruel de Giancarlo Pajetta.

Insistió en la aventura política dentro del PdUP (Partido de Unidad Proletaria) en el que coincidió con Vittorio Foa, otro hereje ilustre. Llegaron hasta el 1,5% de los votos, y Rossana lo dejó de forma definitiva. Se dedicó al activismo cultural, a la literatura, al feminismo, a tantas cosas que tienen su lugar y su órbita precisa en la amplia constelación de la izquierda. Siguió como editorialista de il manifesto hasta hace pocos años, cuando su libertad de pensamiento volvió a tropezar con las normativas prefijadas.

La izquierda política no es una horma para conformar voluntades, ni un espacio vedado, parcelado y protegido con alambradas. En la medida en que la izquierda se corresponde con la libertad, la iniciativa, el riesgo; en la medida en que exige valentía para desafiar todos los dogmas establecidos sin excepción, Rossana Rossanda ha sido inequívocamente “de los nuestros”.

 

LAS OMISIONES DE UNA RESOLUCIÓN

 



Mapa de Cataluña (fuente Wikipedia)

 

«Caracterizar el movimiento independentista en Cataluña como un movimiento burgués, es un error de análisis.» La frase está incluida en la Resolució final del Congrés de Comunistes de Catalunya. Sobre ella se edifica la directiva de ir a un gran Front Democràtic i Social con las fuerzas trabajadoras y populares, capaces de dar vida a esa independencia añorada.

Hace muy poco, un fulano despotricaba en un tuit porque en la lucha de los trabajadores de Nissan por una solución susceptible de mantener los puestos de trabajo, los testimonios de calle que recogía TV3 hablaban sin excepción en castellano. “No son dels nostres”, decía el tuitero. Es reciente, de otro lado, la decisión del Govern de no incluir autores en lengua castellana en su plan horizonte 2030 de promoción de la lectura.

Este juego de inclusiones y de exclusiones, de “nostres” y “d’ells”, de vetos y plácets, no ha sido analizado, ni errónea ni certeramente, por el congreso de los comunistas. Tampoco parece haber conciencia clara de que el objetivo de la independencia lo señaló en primerísimo lugar Artur I el Astut en 2012, a raíz de llegar al conocimiento del público la fortuna oculta e ilícita de la familia Pujol. El independentismo como fuga hacia adelante prendió rápidamente en las capas burguesas bienestantes de la sociedad catalana, y fue recibido con un fastidio nada disimulado por los sectores trabajadores y populares. El mapa de la distribución del voto por circunscripciones, por localidades y por barrios, en los sucesivos comicios electorales, lo demuestra de manera fehaciente.

¿Dónde está el error en el análisis, entonces? ¿Con qué fuerzas obreras y populares cuenta Comunistes de Catalunya para liderar un Front Democràtic i Social, inclusivo y no excluyente de las diferencias de origen y de lengua existentes entre personas que, todas ellas, viven y trabajan o aspiran a trabajar en Cataluña?

No he leído ningún llamamiento a la convocatoria urgente de elecciones, quizá porque las triquiñuelas de Torra se acomodan a los tiempos que calculan los redactores de la resolución para sus propios preparativos electorales.

No he visto en la resolución final ninguna contrición por el hecho de que la falera independentista haya originado una fractura profunda en el sentimiento de catalanidad entre las clases populares y las burguesas. De que hoy Cataluña sea una comunidad dividida, fragmentada y contrapuesta. Un mosaico de imposibilidades.

No se adivina entonces de dónde va a surgir, a partir del pequeño ámbito de los Comuns Podem, ese amplio frente de izquierdas soberanistas que se propone. ¿Con el PSC y ERC, un nuevo tripartito con otro centro de gravedad? ¿Con la CUP incluida, tal vez? El documento pasa sin transición de las generalidades sobre el capitalismo neoliberal a la propuesta de un Front no circunscrito, sin aclarar por qué ese Front ha de crearse en Cataluña y no en España ─donde está ya funcionando─; ni por qué España debe quedar al margen del movimiento salvífico de la ciudadanía que se propone.

Si piensan ustedes que tales omisiones se deben a la casualidad o al apresuramiento, les responderé que, en mi modesta opinión, están cayendo en un serio error de análisis.

 

sábado, 19 de septiembre de 2020

EL FINAL DE LAS BRAVATAS

 


Imagen de la manifestación anti Covid en Madrid, plaza de Colón, 16/8/2020 (fuente, El Mundo)

 

Yo diría que la política de las cosas se va abriendo paso poco a poco a través del muro espeso de las jactancias. Vox anunció en el primer rigor de la pandemia una moción de censura al gobierno, pero la censura en cuestión sigue en el limbo de los amagos, las fintas, las intenciones sin concretar.

El planteamiento de Vox era negacionista: la pandemia sería un invento del señor Illa y el señor Simón para reprimir la libertad de las copas after hours. Pasada la temporada de las calores, a la que se atribuían cualidades de amortiguación de la acción de los virus, las bravatas negacionistas se han achantado. La correlación de fuerzas es abrumadoramente contraria a la moción d Vox; el PP ha anunciado ya que votará en contra; sería un contrasentido apoyarla cuando su cargo más alto con mando en plaza está pidiendo árnica al gobierno de Sánchez, dadas las consecuencias que han tenido las bravatas anteriores sobre la salud de una población madrileña que sigue desprovista de camas públicas, de rastreadores y de cualquier tipo de política preventiva coherente.

Las encuestas del CIS indican un crecimiento del apoyo al gobierno, en perjuicio de PP y Vox. El giro de Cs hacia el consenso parece haber dado vuelo al grupo de Arrimadas. Los escépticos señalan que las encuestas se equivocan muchas veces, y las de Tezanos, más. Sí, pero lo cierto es que no hay contra sondeos a exhibir, con datos indicadores de que la oposición crece y el gobierno decae.

No hay tales contra sondeos, lo subrayo, a pesar del enorme interés de los medios, incluido en primerísima línea El País, en lanzar torpedos por debajo de la línea de flotación de la coalición gobernante. De haber algo, se habría publicado ya cientos de veces en las primeras páginas de los rotativos, así en papel como electrónicos.

Y si vamos al dirty realism (realismo sucio) de nuestra pequeña comunidad autónoma, ciertamente sí que hay sondeos que certifican que el independentismo se haría con el 51% de los votos y conseguiría un Parlament de composición todavía más amigable en unas elecciones celebradas ahora mismo.

Pero esas elecciones tampoco se convocan. De la impaciencia indepe hemos pasado a la cachaza extrema. “Sería una irresponsabilidad ir ahora a elecciones”, ha explicado Quim Torra, padre y fautor de todas las irresponsabilidades recientes. Como a Abascal, a Torra le tiembla la mano en el momento de pasar de las bravatas a los hechos.


viernes, 18 de septiembre de 2020

LOS TROYANOS

 


Recreación imaginativa del virus troyano original. (Fuente, El Día)

 

Los troyanos son virus informáticos que se infiltran en el sistema operativo de tu ordenador y lo destrozan desde dentro. Físicamente considerado, tu aparato sigue igual como era; o sea, el hardware está intacto. Pero el software, el delicado sistema que te conectaba con el mundo exterior, queda inservible. No hay más remedio para semejante avería que eliminar el sistema operativo anterior, con el pegajoso virus a cuestas, y empezar de nuevo desde el principio.

Torra y Ayuso son virus troyanos. Alguien los introdujo en los sistemas operativos autonómicos de Cataluña y Madrid, maliciosamente o por inadvertencia. Han hecho polvo las conexiones.

Vale la pena subrayar que Torra es hijuela de Puigdemont, que actuó probablemente con malicia, y en ERC validaron el nombramiento por negligencia y por desconocimiento. El aparato de Esquerra revisó de forma rutinaria el mecanismo de sucesión, se aseguró del cumplimiento estricto de la regla universal «qué hay de lo mío», y firmó el visto bueno. Ahora ERC es potencialmente la gran perdedora (política; en lo social y económico, perdemos todos) en la ruina del sistema operativo catalán.

Ayuso, por su parte, es hijuela de Esperanza Aguirre, que la tuvo empleada en su gabinete de prensa, y de Pablo Casado, con quien coincidió en Nuevas Generaciones. A Casado le pareció una gran idea colocar como cabeza de lista de la Comunidad de Madrid a una persona dócil a las influencias, sin experiencia ni capacidad de gestión. ¿Para qué gestionar? Madrid era un “modelo de éxito” y de lo único de que debía preocuparse la presidenta era de liberar suelo urbano para seguir creciendo a base de ladrillo y pelotazos de las grandes constructoras.

La sanidad, la escuela, el empleo, eran la última preocupación así en la tierra como en el cielo, así en Cataluña como en Madrid: en ambas latitudes los gobernantes están por la sanidad privada, por la escuela elitista y por el empleo basura.

El sistema operativo de las autonomías, forzado en demasía, se ciscó aceleradamente con la aparición de la pandemia. A fecha de hoy, la acción conjunta del virus troyano y el coronavirus lo ha dejado totalmente inservible. Otras autonomías presumen, “nosotros lo hemos gestionado mejor”, pero no salen ganando nada porque nunca tuvieron iniciativa, siempre se dejaron arrastrar por las locomotoras, siempre dependieron de los buenos oficios de las repartidoras.

Nada es como era antes. Nada funciona. Puestos a buscar culpables, Torra lo ha encontrado en Pedro Sánchez, que se empeña en no pedir perdón por el asesinato de Companys, y Ayuso prefiere señalar al Coleta, que ofende al mundo mundial por haberse comprado una casa con jardín en Galapagar.

Lo cierto es que los dos “culpables” del desaguisado citados son hoy por hoy la mejor esperanza que conservamos de que el país no vaya a ubicarse definitivamente en ese rincón del corral donde pica de preferencia el pollo.

 

jueves, 17 de septiembre de 2020

SINDICALISMOS

 


Bruno Trentin (foto tomada de Nueva Tribuna)

 

Me noto cierta incomodidad al leer el artículo de un buen amigo en el que defiende un sindicalismo “a ras de tierra” (otros lo llaman “pegado al terreno”, o bien “de proximidad”). Sé lo que quiere decir, y lo comparto sin reservas. El sindicalismo no debe despegarse jamás del terreno de lo concreto. Sin embargo, su condición de “centauro” ─la metáfora es de Umberto Romagnoli─ le exige además alzar la cabeza hasta las instituciones, mirar lejos, planificar, dirigir.

Siempre, por supuesto, con las robustas patas asentadas en el suelo de la clase.

He dicho la clase: no el oficio, ni la categoría profesional, ni la fábrica. El sindicalismo nació corporativo, es un hecho con el que es preciso lidiar, y que muchas veces sigue interfiriendo en las expectativas y en las formas de lucha.

De la lucha corporativa a la lucha de clase hay un salto conceptual, una visión analógica que señala una dirección determinada al amplísimo colectivo implicado. Si es necesario mantenerse pegado al terreno, habremos de convenir en que el terreno en el que se mueve la clase (o las clases trabajadoras, en plural, no haré remilgos sobre este punto) es ya un terreno distinto, con un horizonte diferente.

Bruno Trentin fue capaz en su discurso teórico y en su práctica como dirigente sindical de llevar las cosas todavía más allá. Él habló de un sindicato “general”, un sindicato ya no basado en la codificación de las categorías y de las retribuciones en la fábrica, en la asignación de funciones, de salarios y de condiciones de ejercicio del trabajo en un contexto fordista-taylorista, sino un sindicato basado en el trabajo (multiforme), en las personas (plurales en sus necesidades y sus expectativas) y en el territorio (como valor autónomo que es necesario proteger y preservar para la sostenibilidad del progreso humano).

Ese “sindicato general” no tiene una función social de cojinete de bolas para evitar un ludir excesivo en los conflictos de clase. Pisa el suelo y mira lejos: a la dignificación del trabajo, a su carácter de inteligencia colectiva, a su capacidad de dar una dirección distinta a un desarrollo económico basado hasta ahora en exclusiva en las premisas capitalistas de las autoatribuidas “clases dirigentes”.

No me sirven otras categorías ampliamente utilizadas para caracterizar al sindicalismo: “crítico”, “de resistencia”, “de confrontación”. El sindicalismo es por naturaleza unitario, pero no único. No agrupa a los “mejores”, a las “vanguardias”, a los “más conscientes”, agrupa tendencialmente a “todos” los que trabajan.

Erga omnes. Independientemente del género, de la raza, de la condición de ciudadanía, de las creencias religiosas, de los estudios realizados, de las capacidades.

Y busca también el progreso de “todos”, con entera independencia de que haya obreros “tontos” que votan a la derecha, o de otras situaciones parecidas.

La terrible fragmentación que existe en el mundo del trabajo hoy, no es culpa de los trabajadores sin conciencia, sino de la superestructura ideológica liberal-rentista que se la ha arrebatado.

El sindicalismo que necesitamos hoy habrá de proponerse una reunificación de todos los trabajadores y trabajadoras, precarios y no precarios, a partir de objetivos sencillos que permitan a todos/as mejorar su condición de vida, y de forma paralela empoderarse para participar con mayor peso colectivo en la vida social y política.

 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

EL NOMBRE DEL ESTADIO

 


Jorge Alberto González Barillas, “Mágico” González (San Salvador 1958), enseña la camiseta del Cádiz, el club con el que triunfó en los años ochenta.

 

Nos estamos volviendo tiquismiquis. El Cádiz CF ha hecho una votación entre sus socios con el objeto de cambiar el nombre del estadio de fútbol de la entidad. Se proponían varios nombres, además del que ha venido ostentando de forma oficial desde que fue erigido en los años cincuenta del siglo pasado, que es el de Ramón de Carranza. Uno de los nombres propuestos era el de “Estadio Mágico González”, pero a casi nadie le ha apetecido, a pesar de ser una opción respetabilísima.

Don Ramón de Carranza Fernández de la Reguera fue un aristócrata y militar, alcalde y gobernador de Cádiz en 1936 (fallecido en 1937), muy vinculado al franquismo y a Falange. Había sido hecho en 1930 marqués de la Villa de Pesadilla, argumento que no ha pesado en su contra. Un hijo llamado también Ramón fue un auténtico energúmeno al servicio de Queipo de Llano, y, concluida la guerra civil, alcalde de Sevilla y gerifalte del nuevo Estado.

Con tales antecedentes, extraña poco que al alcalde de Podemos-Andalucía, José María González Kichi, le apeteciera cambiar el nombre por otro de menos compromiso. La afición ha venido a responderle que, si no quiere té, dos tacitas de plata. Entre los nombres más votados han estado varios no propuestos inicialmente, como el de Francisco Franco y, todavía más arriba, en la tercera posición en el escrutinio, el de Santiago Abascal.

Franco era del Ferrol, y no se le conocen veleidades cadistas. Abascal tampoco es gaditano, ni socio de pago ni de honor del club; su único mérito sería el llamémosle enfoque de su opción política, que guarda un parecido notable con el del marqués de Villa Pesadilla a pesar del tiempo transcurrido.

Desde una perspectiva de posicionamiento político amplio, tanto daría llamar al coliseo popular Carranza como Abascal. El caso era darle en los morros a Kichi.

El presidente de la Federación de Peñas del Cádiz, Juan Antonio García, mantuvo una posición más equilibrada, y obtuvo el segundo puesto en las preferencias de los votantes. García proponía llamar al estadio simplemente Carranza, con la siguiente argumentación, que vale la pena considerar: «Nosotros defendemos Estadio Carranza no como persona, sino como sentimiento. Cuando se nombra no se enaltece nada, se habla de algo arraigado en el gaditano y en el cadista.»

El argumento sería tal vez convincente de no ser porque el señor Juan Chicharro, presidente de la Fundación Francisco Franco, propone exactamente lo mismo para seguir operando en la legalidad democrática: Francisco Franco dejaría de ser el nombre de una persona concreta, con sus virtudes y sus defectos, para convertirse en “un sentimiento”. De no prosperar su recurso ante los tribunales de justicia, Chicharro apunta la posibilidad de expatriarse. Al fin y al cabo, el “sentimiento Francisco Franco” no tiene una connotación nacional sino universal y, por decirlo de algún modo, etérea.

¿No sería una solución cambiar el nombre de la institución que preside por el de “Fundación Mágico González”? Es solo una pregunta. Preguntar no ofende a nadie.

 

martes, 15 de septiembre de 2020

UNA CUESTIÓN DE ETIQUETA

 


June Allyson y David Niven en un fotograma de ‘Un mayordomo aristócrata’ (My Man Godfrey), Henry Koster 1957.

 

El Consejo del Poder Judicial constitucionalmente caducado desde hace dos años se dispone a nombrar trece nuevos altos cargos en los tribunales superiores del país. No hay renovación en la cúpula judicial porque el PP, partido acosado por un goteo interminable de casos de corrupción, ejerce su minoría de bloqueo para evitar cambios en un equipo que le viene siendo ampliamente favorable.

No hay independencia del poder judicial en España, sino una dependencia a modo de correa de transmisión cuidadosamente preservada. He estado a punto de escribir “secreta”, pero en todo caso se trataría de un secreto a voces. El gobierno de los jueces se comporta con el gran partido de la derecha española como David Niven en aquella película en la que representaba a un aristócrata en apuros que, desde el humilde oficio de valet para todo, ejercía una influencia tutelar en los destinos de una familia neoyorquina de riquísimos industriales del caucho o del petróleo, ya no lo recuerdo.

Hay una cuestión de etiqueta, sin embargo, que tiene cierta importancia. El servicial mayordomo puede examinar con lupa los plazos de prescripción, para hacerlos correr más o menos según convenga; puede desenterrar excepciones contenidas en las cláusulas carcomidas de códigos vetustos, para adaptarlas a situaciones nuevas e imprevistas; puede trabajar sobre una interpretación sui generis de la inmunidad otorgada por la letra de la ley a un monarca ahora emérito.

Pero el tema de las cloacas del Estado es distinto, porque mancha. El Poder Judicial no puede amparar los tejemanejes profundamente ilegales de unos parvenus a la alta política decididos a saltarse todas las reglas para alzarse con el santo y sobre todo con la “limosna”.

Por una razón simple. No porque sea más grave, sino porque hace feo. Un mayordomo podrá dejarse besuquear a escondidas por su señorita, pero no se presentará a servir la cena con una mancha de grasa visible en la pechera de su traje de etiqueta. Hay un fuerte impulso corporativo entre mayordomos. Son capaces de afrontar el desprestigio público sin mover una ceja; pero no de sufrir la reprobación de los colegas del oficio en el ámbito internacional.

Esas son las normas habituales. Esperemos ahora a ver cómo se desarrolla la vista en estrados del caso Kitchen.